
Hace unos días escuché la historia de una mujer (55 años apróx.) que se había reencontrado con el amor de su vida. Se conocieron hace 35 años y desde esa época él ha pasado largos periodos en prisión. Se casaron entre rejas y tuvieron una hija que falleció siendo niña. Pasado un tiempo terminó la relación y ella hizo una familia con otro hombre y tuvo dos hijos. Sin embargo, este 2014 él volvió a buscarla, estando preso, y ella (ya separada) aceptó darle una última oportunidad. Él saldrá pronto, ella le ofrece su hogar y una idea de trabajo para reincorporarse a la sociedad. Ella espera –pero duda- que él pueda adaptarse y vivir en libertad el amor que aún los une.
Esta enamorada mujer presume acertadamente la dificultad que tendrá su pareja para reinsertarse en el exterior, ya que la experiencia penitenciaria desencadena un proceso de adaptación a la cultura carcelaria que provoca negativas consecuencias psíquicas, cognitivas y conductuales, tanto a corto como a largo plazo, que es llamado Prisionización o Carcelazo.
Tras el trauma del repentino y forzado cambio del entorno familiar y social, se activa un aprendizaje para sobrevivir en un hábitat adverso y peligroso. En el día a día se lucha –literalmente a veces- por mantener la integridad física y psicológica en un ambiente con altos niveles de estrés y violencia y, por tanto, de gran impacto emocional.
De ahí en adelante, la celda es el nuevo domicilio, sin privacidad, conviviendo con desconocidos, con limitado espacio y donde no se desea crear vínculos. Allí todos son “delincuentes” (independiente de la razón por la cual llegaron) y deben someterse a una disciplina radical, donde todo está reglamentado y vigilado. Esta extrema supervisión tenderá a acentuar rasgos paranoides, materializándose en conductas tales como evitar sentarse de espaldas a una puerta o estar hiper alerta a comentarios o miradas de la gente.
Es una cotidianidad estrictamente organizada y burocratizada, pero vacía de estímulos motivantes. Las personas no pueden programar su tiempo, pese a que no tienen nada que hacer, porque el énfasis de la institución penal está en la seguridad, el control y el castigo, no en facilitar actividades que disminuyan la ansiedad o las agresiones (que favorecería una mejor convivencia entre los internos, reduciendo así los conflictos a resolver por los gendarmes). Aún menos se trabaja en tratamientos de rehabilitación para quienes lo requieran.
Algunos efectos de la prisionización son: 1) Desproporción reactiva, es decir, una excesiva reacción emocional y cognitiva ante asuntos que en otro contexto tendrían mínima importancia, 2) Dualidad adaptativa, una fuerte hostilidad frente a la autoridad versus sumisión plena a ella en otros momentos, 3) Presentismo galopante, como no se tiene el control de la vida, se vive un presente basado en el fatalismo, ausencia de introspección y de evaluación de consecuencias. 4) Síndrome amotivacional, ya nada interesa, surge una aparente dureza emocional e indiferencia, donde deja de responsabilizarse de sí mismo y 5) Baja autoestima, aparece un sentimiento de inferioridad, definiéndose más por sus carencias y necesidades que por sus potencialidades.
También hay efectos por la privación sensorial: trastornos de la visión, al permanecer en un lugar con pobreza cromática e impedimentos para la visión a distancia. Problemas en la audición, debido al constante bullicio, situación que contribuye a exacerbar las tensiones por la imposibilidad de silencios. Desajustes en el gusto, por la precariedad de sabores a disposición y los sorpresivos ingredientes de algunas preparaciones institucionales (insectos y desperdicios varios). Perturbación olfativa, por la invariable mezcla de olores (comidas y olores personales).
Todo ello altera la concentración y la organización del pensamiento. Causa desorientación temporal, aumento de la sugestionabilidad, alucinaciones, delirios e incremento de la irritabilidad y la agresividad. Además son frecuentes los agarrotamientos musculares, producto del estado de tensión derivado de la sensación de peligro, miedo del futuro y escasa movilidad física.
Estos desórdenes se convierten en incitadores de la drogodependencia, como modo de aliviar y/o evadir la angustia de una rutina traumatizante, llena de reiteradas frustraciones y nuevas relaciones interpersonales basadas en la desconfianza y la violencia. Toda esta vivencia puede llevar a comportamientos patológicos, especialmente si pre-existía una personalidad desequilibrada, pudiendo incluso ocasionar brotes psicóticos y severos trastornos afectivos.
Las secuelas de la prisionización pueden persistir tras la excarcelación y su cronicidad depende de los años de reclusión, con más de quince años se acentúa la gravedad del daño. Es así como, los primeros meses pueden aparecer cuadros ansiosos, manifestándose por ejemplo en insomnio, desconcentración, temor a ser detenido, un sentimiento generalizado de desconfianza (paranoia) y la sensación de llevar un cartel que dice “ex reo”, entre otros.
Por tanto, las personas que pasan alguna temporada privadas de libertad sufren –con distintas intensidades y matices- devastadoras afecciones psíquicas, las que de no ser atendidas pueden derivar en la continuidad de conductas delictuales y/o en múltiples alienaciones mentales que perjudicarán también al círculo familiar y social del cual fueron desenraizados abruptamente.
Si bien ellos pagan una culpa (justa o no), pareciera que esta forma de sancionar profundiza el problema que originó el delito, porque el “delincuente” llegó a esta condición por una historia fundada en malos tratos (negligencia, desamor, humillaciones, golpes, represiones varias, etc.). En la cana se reeditan sus antiguas heridas inconscientes, repitiéndose dolorosas escenas infantiles, donde sus padres –o cuidadores- fueron sus primeros carceleros, con una autoridad total y opresora que posibilitó el camino hacia el hampa.
Da la impresión que el castigador tiene tanta culpa como el culpable. Juzgue usted.
Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: HYPERLINK “mailto:psicologa.pudahuel@gmail.com” psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 2747 9660

