
Un hombre de mediana edad, con grandes cualidades creativas, tras largos años de estar adicto a la cocaína, decidió sanarse. Para materializar esta decisión, rompió con su vida anterior y se reinventó –nuevo hogar, nuevo trabajo-.
Se mudó a Pudahuel, dejando atrás un violento ambiente familiar que exacerbaba su agresividad (también potenciada por la droga). Abandonó la actividad laboral que le facilitaba el consumo y emprendió una microempresa que desde sus comienzos le ha dado indicios que fructificará. Además, suprimió conductas transgresoras de la ley (como manejar en estado etílico).
Simultáneo a lo anterior, ha recibido el apoyo afectivo de su pareja y de su único verdadero amigo. Ello se ha complementado con elementos terapéuticos naturales y alternativos, los que le han ayudado a lidiar con la intensa angustia suscitada por el síndrome de abstinencia. Él se concedió una oportunidad para vivir distinto, para ser feliz y lo está logrando.
El uso crónico de la cocaína puede generar estados de ansiedad, depresión, irritabilidad y paranoia, e incluso un episodio psicótico. También puede producir alucinaciones (visuales, auditivas y táctiles), impotencia e insomnio. Al crear una idea de excesiva fortaleza mental y muscular, las personas adictas pueden volverse antisociales y peligrosas. Esto último por los cambios bruscos en la percepción, el embotamiento del juicio y la liberación de inhibiciones, los que podrían desencadenar agresiones y reacciones de pánico.
Habrá un sinnúmero de motivaciones para el inicio de una adicción -conscientes e inconscientes- sin embargo, van perdiendo importancia en la medida que la enfermedad va instalándose en la mente. El placer inaugural va tornándose en displacer ascendente y la existencia entera queda sujeta a esta sustancia. Luego de tanta euforia y excitación cada vez quedan menos sensaciones de las cuales poder disfrutar, el mundo se vuelve sin sentido, sin sabor, sin olor, sin felicidad.
Aquel que buscaba satisfacción inmediata encontró insatisfacción permanente. Y esa insatisfacción… ¿sería desconocida?, esos síntomas ansioso-depresivos…¿serían experiencias inexploradas? ¿O acaso son las mismas que le impulsaron a drogarse?…pareciera que buscando algo distinto se encontró lo mismo –infelicidad-…
Si bien se combate el narcotráfico y se educa en el no consumo de cocaína, la drogodependencia se mantiene muy activa, ¿qué falta?, ¿qué falla?. Quizá falta erradicar la violencia de la crianza, quizá falla el amor (insuficiente) en el cuidado de lo/as niño/as, probablemente falta y falla el diálogo familiar, aprender a resolver de manera saludable los conflictos y a expresar todas las emociones. Porque así, cuando esos niños y esas niñas crezcan, aunque en cada esquina vendan “felicidad” nadie necesitará comprarla (estará dentro de cada cual)…y sin clientes, se terminaría el negocio.
Entonces, más que enseñar a niño/as y adolescentes que la droga es nociva para la salud, mejor que prohibir o reprimir su uso, hay que enseñar a padres y cuidadores que una mirada acogedora, una palabra comprensiva, una escucha atenta y una caricia oportuna pueden prevenir futuras adicciones. Esto, porque un ser humano amado y respetado, ama y respeta su vida. En cambio, al elegir la cocaína la vida puede hacerse polvo.
Por: Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com


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