
Un vecino de Pudahuel, hombre de 66 años y sobreviviente de una existencia cruda y solitaria, ha sufrido la amputación de su pie izquierdo. Producto de esta vivencia, la angustia lo ha invadido, pese al valioso y permanente apoyo familiar. Su fe en Dios le ayuda a resistir esta crisis, que le genera altos y bajos en su estado anímico.
Cuando se pierde algo puede surgir una sensación de abandono que podría provocar tristeza, rabia, frustración, miedo, soledad…o quizá todo ello a la vez y más. Un cambio de casa o de trabajo, separarse de una pareja, quedar sin una parte del cuerpo…etc., son instancias posibles para gatillar esto.
La reacción emocional frecuente ante esos eventos es el Duelo, proceso que consta de distintas fases: Fase de Shock, donde la persona es incapaz de aceptar lo ocurrido, haciendo como si no hubiera pasado nada y aparentando frente a los demás que ha superado la situación; también hay personas que se paralizan. Puede haber momentos fugaces de aceptación y otros de intensa negación. Además, puede aparecer un deseo de morir con o como ese objeto perdido.
La segunda, Fase de Rabia, puede manifestarse con inseguridad y baja autoestima, buscando culpables (a sí mismo/a u otro/as) para lo sucedido. Aquí puede desencadenarse insomnio, sueño poco reparador y/o pesadillas; disminución de la concentración y la memoria; desequilibrio del apetito; y/o dejar de disfrutar de las actividades diarias, entre otros.
En la tercera, la Desorganización, se empieza a tomar conciencia de que lo perdido jamás retornará. Aquí aparece abatimiento, apatía, desmotivación y una tendencia a hacer cambios radicales en la vida (de look, por ejemplo). Es imperioso experimentar la pena -no bloquearla ni negarla- para elaborar eficientemente este trance.
La última, la Re-organización, donde el recuerdo de lo que se ha ido comienza a ser reparador y no doloroso. Puede sobrevenir una sensación de recorrer las 4 fases una y otra vez, entendiendo que nada volverá a ser igual. Hay conciencia de un vacío irremplazable, resignificando la experiencia tras un trabajo mental lento y progresivo.
El tiempo de resolución de un duelo es variable, depende de la historia personal, de la personalidad y del sentido que se le dé a la pérdida. No obstante, esta cultura exitista obliga a los dolientes a recuperarse rápido, sin validar sus emociones displacenteras y ubicándolos subjetivamente como perdedores, porque quien no es feliz no es exitoso. Este severo discurso social los castiga a una segunda pérdida: la de su derecho a estar tristes el tiempo que lo necesiten.
En el caso mencionado, para cerrar el duelo, se requiere una re-estructuración psíquica para re-adecuarse a ese cuerpo mutilado. Hay que despedirse de la imagen corporal anterior… para crear una nueva. Se debe dejar atrás ese periodo angustiante, donde el objeto perdido pudo volverse autodestructivo y amenazante para la persona al apoderarse de sus sentimientos y pensamientos, obstaculizando su relación con la realidad exterior.
Por eso…dejemos que el dolor duela lo que sea necesario…para que así deje de doler…
Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 747 9660

