Alcoholismo femenino: ¿“curar” la soledad?

Alcoholismo femenino: ¿“curar” la soledad?
Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 747 9660
Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 747 9660

De noche, en medio de una plaza de Pudahuel, una solitaria mujer (de unos treinta años), bebía a escondidas mientras circulaba uno que otro vecino. Su mirada intentaba esquivar las de ellos, tratando de encubrir su etílica actividad.       

Se dice que las mujeres que presentan un consumo problemático de alcohol y/o las que padecen de alcoholismo, buscan -con esta conducta- calmar el inquietante vacío que deja la entrega incondicional al prójimo, esa donde se desdibuja su propio ser. Aquellas, tendrían sentimientos de inferioridad que subyugan su naturaleza creativa y las arrastran al abismo de la adicción. Para ellas, la presión (y consecuentes fracasos) por tener que cumplir, irrevocablemente, las expectativas de los otros, se torna insoportable sin el auxilio de esa líquida droga.

Pareciera que les es más difícil (que al resto) digerir esa estricta adherencia que “deben” tener a su rol: ser femenina, ser tierna, ser sexy, ser madre, ser trabajadora, ser dueña de casa, ser pareja, ser amiga, ser hija, ser…perfecta…para los demás, auto-excluyéndose de lo que realmente quieren ser y hacer.

Además, desde un punto de vista social, el alcoholismo femenino es menos tolerado y aprobado que el masculino. Existe un juicio, privado y público, más severo para ellas, porque “es peor una mujer borracha”. ¿Cuál es la lógica de tal afirmación?, ¿porque deja de servirle a los que siempre ha servido?, ¿porque pasa de su status de objeto deseable a objeto desechable?. Todo alcoholismo es aborrecible, porque destruye a la persona y a su familia.

Sin embargo, sin atender a las consecuencias ni a las discriminaciones, ellas, como “madres innatas”, ¡hasta protegen esta enfermedad!, sin buscar aliviarla. Esto, porque pese al efecto deletéreo, tienen un vínculo in-soluble con el alcohol. Sus lágrimas se disuelven dentro de la botella, dejando una solución de sabor nostálgico y displacentero… la alegría y el placer desaparecen tras la llegada de la resaca.

Así, comienzan a navegar compulsivamente en el mar de la bebida, en una embarcación bañada por la intolerancia a la frustración, encapsuladas dentro de un único objetivo: escaparse de una soledad enajenante. Este coercitivo viaje es auspiciado por una sociedad perversa y narcisista que impone el consumo (de lo que sea) como vía para la satisfacción individual. Esta tendencia consumista provee de omnipotencia sobre el producto que se usa –o abusa-, suponiendo superioridad –y dominio- incluso frente a la inminente enfermedad.

Finalmente, el alcohol se transmuta en un sustituto afectivo de las relaciones insatisfactorias, tanto pretéritas como actuales. Se posiciona como impostor, cuya farsa embriaga los afectos indeseables y detiene a aquellos fantasmas que en la sobriedad no cesan de perseguir. No obstante, la dependencia alcohólica, con su feroz manipulación, sentencia a la im-posibilidad de aceptar la separación. Este rechazo a la pérdida proviene de esos primeros apegos que motivaron angustia por abandono (emocional y/o físico), en una remota infancia ebria de juegos violentos. Todos esos recuerdos conscientes e inconscientes donde la niña era agredida son huellas mnémicas que formaron el laberinto alcohólico, del cual sólo saldrá si reconoce que ya no es una niña y que puede re-significar ese dolor. EL ALCOHOL NO CURA.

Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 747 9660