
En un colegio municipal de Pudahuel, donde se imparte educación con el sistema 2 x 1, durante una clase de Convivencia Social los estudiantes debieron ver y analizar la película Machuca, como actividad académica que contribuyera a la reflexión individual y grupal. El propósito, potenciar sus facultades de abstracción y razonamiento, favoreciendo su rendimiento escolar. Mientras observaban el filme, algunos jóvenes reían cuando se humillaba o menospreciaba a los personajes que encarnaban a un sector vulnerable de la población.
Una temática recurrente en esta obra es la discriminación, ya sea por la situación socioeconómica y cultural, por lugar donde se vive, por apariencia física, por la forma de hablar y por capacidad intelectual, entre otras. Paradojalmente, estos risueños alumnos son susceptibles de ser discriminados por estas mismas variables. Esto, porque son de clase social baja, residen en una comuna al poniente de Santiago, lucen y dialogan como flaites y muestran una disminuida habilidad lógico-analítica.
Entonces, ¿por qué no se identificaron en aquellas escenas?, ¿por negación?, ¿irreflexión? o ¿porque tienen mentes perversas que gozan con la angustia ajena?. Me atrevo a apostar por lo primero, debido a que es un mecanismo inconsciente habitual para no hacerse cargo de lo que se siente, por lo doloroso que resulta. Ser y saberse rechazado/a puede percibirse como una herida silenciosa, que arde apenas aparecen esos “defectos” por los cuales se es despreciado/a.
La no aceptación de las diferencias es una dinámica relacional que parte desde el núcleo de cada familia, donde padres y/o familiares discriminan a lo/as niño/as por su género, aspecto, nivel cognitivo, conducta, etc. Por ejemplo, la niña debe ser “señorita” y no puede jugar fútbol ni subirse a los árboles, porque sería amachá y este atributo es vergonzoso; a un niño obeso se le excluye de todo atractivo físico, porque sólo las personas delgadas son bellas, así que nadie mira a los güatones; a la niña que le cuesta aprender, se le restringen las oportunidades para destacarse, porque es tonta, lenta, o directa –y despiadadamente- güeona, siendo inútil para todo; o si el niño “es” incontrolable queda etiquetado para siempre como chuqui, destituido de la normalidad humana, porque es un ser diabólico que sólo sabe de destrucción y caos.
Con esas desafortunadas creencias –y tantas más en nuestra sociedad-, los sentimientos de inferioridad no tardan en invadir la realidad psíquica, dejando el camino expedito para que la dignidad continúe siendo pisoteada. Posteriormente, esos sentimientos se esconden tras abusivos prejuicios que posibilitan la marginación y mantienen una esclavitud simbólica, donde los “superiores” someten a los “inferiores”.
Para terminar con esta dominación, DEBEMOS fomentar la tolerancia y el respeto hacia todo/as, porque tenemos DERECHO a ser diferentes y valorado/as. Somos iguales en deberes y derechos, pero distinto/as en necesidades y recursos. ¡NO a la discriminación!.
Por: Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com ; Fono: 747 9660

No se permiten comentarios