
Durante un viaje en el recorrido 516, de regreso a Pudahuel, unas muchachas universitarias hablaban de los hombres, estando de acuerdo en que, sin excepción, son sobreprotectores, agresivos y más extrovertidos que las mujeres. O sea, equivalente al clásico dicho todos los hombres son iguales, idea que se repite de generación en generación, como verdad absoluta para la cual sobran argumentos.
Afortunadamente, ellos son diferentes (nosotras los elegimos muy parecidos), porque pese a que tienen cualidades similares, también poseen sus particularidades y misterios. El hecho de crecer subordinados a una cultura en común favorece el aprendizaje de creencias y patrones conductuales semejantes, sin embargo, cada cual es un mundo único, que variará según su herencia genética, ambiental y familiar.
¿Cómo es un hombre?, “oficialmente” sabemos que debe ser: 1) Héroe, demostrando una fortaleza física y emocional a toda prueba; 2) Omnipotente, obligado a manejar un saber-hacer impecables frente a cualquier situación; 3) Millonario, debiendo satisfacer necesidades económicas y sociales; 4) Bravo para el sexo, con un deseo inextinguible y una hipersensibilidad a los estímulos sexuales; 5) Racional, inhibiendo la ternura y el dolor y exaltando la ira y el placer; y 6) Exitoso, sin permiso para fracasar ni para perder el poder ni la gloria.
Es decir, un hombre es un deudor de seis letras, tal como lo marcan ambas palabras. Dicha morosidad va apareciendo desde los primeros años de su vida, en tanto recibe comentarios tales como “no debiste hacer eso…yo creía que eras hombre” (de una madre a su hijo de diez años) y se rodea de acreedora/es que le exigen cancelar su dicom. Nadie le prestará la tarjeta o el cheque que borre su saldo, porque se espera que sea autosuficiente para lograrlo solo.
Entonces, ¿cómo paga para conservar su masculinidad?, mostrando frialdad, siendo autoexigente y trabajólico, gastando más de lo que gana, siendo eternamente infiel, siendo violento, mintiendo a destajo, aparentando felicidad y, en definitiva, encubriendo toda pista que pueda llevar a pensar que falta a su hombría.
Sin embargo, la deuda sigue impaga, porque se debe a sí mismo la propiedad de su ser, esa que le permitiría expresar, por ejemplo, su fragilidad (cuando un evento caótico lo acecha), su duda (cuando un desafío lo detiene) o su negación (cuando una insinuación femenina no le interesa).
Por otro lado, ¿consigue, al menos una vez, ponerse al día con todas esas cuentas?…como mujer, creo que no, incluso considero que no debiera abonar a ninguna, sino perdonarse y comenzar en cero, sin el peso de esas seis letras.
Por: Marcia Bravo C./ Psicóloga Clínica e-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com fono: 747 9660
