
En una villa de Pudahuel, una niña de 7 años visita a menudo a su vecinita. Entre ambas planean diferentes entretenciones, sin embargo, la primera muchachita revierte continuamente los juegos. Toma un juguete y lo deja por ahí, desordenado, hojea un libro, lo mismo, mira la tv por unos minutos y luego propone hacer otra cosa, y así sucesivamente. En el intertanto, entra y sale de la casa, se agacha, se sienta, se para, camina, salta, corre, no se detiene, tan sólo el pc logra atraparla por más rato. Tiene todas las respuestas, incluso antes de terminar de preguntarle. Posee una increíble y espontánea facilidad para enredarse en situaciones peligrosas y destructivas. Aunque aún no lo ha sido, quizá un día sea etiquetada como Hiperactiva.
La Hiperactividad, de manera muy general, se caracteriza por un excesivo movimiento motor, por un déficit atencional (no siempre) y por la dificultad para seguir órdenes y concluir tareas. También puede manifestarse con impulsividad, la que estimula a hablar y actuar sin pensar, a ser impaciente y a interrumpir constantemente. A veces, se complementa con violencia física y verbal. Además, puede generar problemas de aprendizaje, interfiriendo el desempeño académico. En el ámbito emocional, podrían surgir bruscos cambios de humor, un pobre autoconcepto y baja tolerancia a la frustración.
Hay controversia respecto a su origen, por una parte, existe una amplia defensa por la exclusiva etiología neurobiológica, basada en diversas investigaciones científicas y avalada por prominentes profesionales de la salud. Se menciona que la disritmia cerebral, ciertas alteraciones durante el embarazo, los traumatismos craneoencefálicos y algunas afecciones virales y bacterianas pueden ser detonantes de este cuadro.
Dado ese panorama, los especialistas prescriben fármacos que buscarán calmar la agitación, focalizar la atención y fortalecer la concentración. No obstante a conseguir esos resultados, el medicamento también podría provocar efectos adversos, tales como insomnio, inapetencia y retardo en el crecimiento.
Por su lado, otros expertos en la materia sostienen que muchos de estos casos sólo tienen su base en un desequilibrio afectivo, aspecto que poco o nada se consideraría en el diagnóstico y tratamiento de este trastorno. Como posible desencadenante se denuncia cualquier realidad angustiante percibida por un menor (rechazo, abandono, negligencia, violencia, etc.).
¿Será sólo una disfunción neuronal la que hace a esto/as niño/as “bailar sin Cesar”?. Si se toma en cuenta que, tal vez, muchas veces, de bebés no fueron mudado/as a tiempo, que no fueron alimentado/as sabrosamente, que lloraron sin consuelo y les negaron una mirada empática y sostenedora que saciara sus necesidades y demandas, se podría sospechar que la incesante actividad corporal fue la práctica que logró la atención esperada, tal como el dicho “guagua que no llora…no mama”.
Asimismo, si desde su primera infancia les gritaron y descuidaron, si en los inicios de su etapa escolar ni siquiera lo/as acompañaban hasta el furgón y el aporte a su educación eran manotazos e insultos, si de la mañana a la noche pasaban en la plaza sin que nadie lo/as protegiera de los riesgos de la calle, si precozmente debieron ser 100% autosuficientes (bañarse, vestirse, despiojarse, etc.) porque su madre estaba centrada en su pareja, en el hijo recién nacido, en los asuntos económicos o en su apariencia física, cuesta creer que estos antecedentes sean intrascendentes a la hora de intentar entender tanto alboroto motriz.
Esta hiperactividad es una alarma que suena y suena frente a los padres, para ser visto/as y escuchado/as, para ser aprehendido/as como sujetos y no como objetos. Se mueven para que lo/as adulto/as se muevan, y se muevan en pro de sus intereses y satisfacciones.
¡Más vale una caricia en la mano, que cien pastillas volando (en esos sensibles cerebros infantiles)!
Marcia Bravo C. – Psicóloga Clínica – E mail: psicologa.pudahuel@gmail.com Fono: 747 9660
