Desnutrición infantil: Síntoma de una realidad hambrienta

Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com

En un sector de Pudahuel, dentro de un grupo de niñas de similares edades, una, que hoy tiene 8 años, era la más menuda al nacer (2 kilos y medio). El resto de ellas, sólo permanecieron con un peso adecuado mientras fueron amamantadas. Con el tiempo, “la menuda” comenzó a ser la más alta y robusta de sus vecinitas, sin tener antecedentes genéticos que respaldaran dicho progreso. A la fecha, es la que tiene mejor rendimiento académico (promedio 6.9).

La alimentación de esta destacada estudiante, post lactancia materna, se ha constituido principalmente de: leche, comidas con variedad de verduras, carnes blancas y rojas, jugos naturales, frutas frescas y secas. En cambio, las otras niñas han recibido: abundantes golosinas (el koyac como protagonista), embutidos (vienesas como acompañamiento tradicional), frituras (sopaipillas callejeras desde muy precoces), bebidas de fantasía (jugos en bolsa como colación escolar).

Diversas investigaciones reportan que la desnutrición infantil es causante de efectos negativos, y hasta irreversibles, sobre el crecimiento y desarrollo de niñas y niños. Algunos de ellos: menor estatura,  deterioro inmunológico, retraso psicomotor y sensorial, menor número de células y baja calidad de las interacciones sinápticas, además de una disminución del coeficente intelectual (déficit de la memoria, atención, concentración y razonamiento, entre otros). Asimismo, una nutrición inadecuada -exigua en cantidad y/o nutrientes- produce cansancio, desinterés, irritabilidad, pasividad, hipotermia y falta de apetito. Todos los indicadores mencionados implican mayor predisposición a enfermedades infecciosas en la niñez y malestares crónicos en la adultez, incluyendo depresión a cualquier edad.

Los estudios también señalan que este fenómeno ocurre preferentemente en contextos de pobreza extrema, como en África e India. Sin embargo, y de modo lamentable, es fácil observar en nuestra comunidad a niñas y niños desnutridos en familias con los ingresos suficientes para evitarlo. Puede ser que por ignorancia o negligencia muchas madres sacrifiquen la salud de sus descendientes en favor de: 1) economizar, dándoles una porción insuficiente de alimentos o prefiriendo comida chatarra para ahorrar y así cambiar la tv por una más grande y moderna, para comprar un auto, para ampliar la casa o para salir de vacaciones; 2) mantener una delgadez patológica, imponiéndoles hábitos alimenticios restrictivos supeditados a sus propios conflictos psicológicos; y 3) comodidad, adquiriendo productos elaborados –de alta nocividad- y listos para el consumo, salvándose del trabajo que las labores culinarias demandan.

¿Cuál será el futuro de esto/as hijo/as que lucen un aspecto pálido que no cambia ni con la vergüenza, que tienen el pelo opaco aunque esté limpio, que no juegan demasiado porque se fatigan pronto y/o que no resisten mucho rato dentro de una piscina porque el tiritar les impide nadar?. Las posibilidades de éxito –en diferentes aspectos- son esquivas, porque la construcción de su identidad se basará en la escasez, la debilidad y el hambre, tanto física como mental.

Para detener ese famélico pronóstico debemos comenzar por informarnos, corregir nuestras prioridades, si es necesario, y proteger el presente y porvenir de nuestro/as hijo/as.

Por: Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com

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