
En un puesto de la feria de Av. La Travesía, en Pudahuel, un niño de 10 años, tras leer la etiqueta de una conocida bebida gaseosa, interroga a su padre: “¿qué es miligramos?”. El progenitor no respondió, hizo como que no escuchó. El pequeño insistió y le preguntó a su abuela –que trabajaba al lado- quien le entregó una información poco exacta para su perspicaz curiosidad infantil.
A veces no estamos preparado/as para esos qué, porqué, cuándo, cómo y dónde, especialmente si se trata de temas importantes. En ocasiones, ni don Google sabría qué decir, porque hasta las teclas se paralizarían ante ciertas preguntas, por ser contenidos “infectados” de rabia, pena y/o soledad.
De todos modos, ambas respuestas, satisfactorias o no, quedaron registradas en esa astuta mente, porque el Silencio también habló, pero ¿qué respondió?: ¡no sé!, ¡no me interesa!, ¡tengo otras cosas de qué preocuparme!, ¡cómo no vas a saber!, ¡qué estúpida la pregunta!, ¡no tienes derecho a preguntar!, ¡me da vergüenza no saber!, ¡no sé explicarlo!, etc. No sabremos qué significó para aquel muchacho. Por ello, me parece que el Silencio contesta peor que la Mentira porque despierta la incertidumbre y no deja dormir.
La Mentira, en tanto, durante un tiempo, sirve para decorar una fantasía, para construir una seudo-certeza, para escapar de la culpa, para arrancar de una reducida autoestima, para huir del miedo, para evadir consecuencias, para olvidar lo inolvidable y/o para sostenerse mientras el mundo interno cae a pedazos. Sin embargo, quien miente, primero lo hace a sí mismo/a, quien se engaña, se auto-inhabilita para crecer. Si no crecemos, nadie creerá en la Verdad de nuestra existencia.
La Verdad, por su parte, nos facilita seguridad y salvación, resolviendo dudas y contradicciones, permitiéndonos deshacernos de aquel o aquella que no somos. Pero también, puede volverse misteriosa, temible y esquiva. Misteriosa, porque puede tornarse oculta e ininteligible, como el secreto que cada persona –y familia- guarda. Temible, porque su presencia puede convertirse en una pesadilla que no termina cuando amanece, pero que libera cuando se reconoce. Esquiva, porque producto de su poder, puede ser maquillada con justificaciones e intereses egoístas para impedir que sea descubierta.
Por tanto, el Silencio, tan callado y pasivo, grita y agita a nuestros fantasmas interiores (miedos, inseguridades, tristezas, etc.). La Mentira, tan falsa y traicionera, revela y honra la autenticidad de nuestro ser (baja tolerancia a la frustración, pobre autoconcepto, inestabilidad emocional, etc.). La Verdad, en cambio, tan confiable y defensora, aunque implacable, nos confirma como humanos -imperfectos- y nos protege de las sombras que oscurecen nuestra realidad.
Así, Silencio, Mentira y Verdad, como alternativas comunicativas que son parte de nuestra cultura –y crianza-, nos acompañan a todos lados y nos interpelan a hacernos cargo de sus usos, porque sus efectos a ninguno/a deja indiferente.
Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com
