El Viejo Pascuero: El sueño de un regalo

Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica

Una tierna e ingeniosa niña pudahuelina, de 7 años, confesó a su madre: yo ya sé que el viejo pascuero son los padres, pero igual creo en él”. La señora asombrada, sonrió y apoyó la deducción de su querida pequeña. El Viejo Pascuero existe, porque es una idea y las ideas no desaparecen necesariamente por no creer en ellas, sino que pueden mantenerse o evolucionar.

A lo largo de su existencia en nuestro país, este legendario personaje ha ido mutando su significación, especialmente en medios socioeconómicos bajos. Para las niñas de los cincuentas, era como un Viejo Inalcanzable, puesto que obtener un regalo (el que fuera) era una hazaña casi utópica. Entonces, las ilusiones infantiles se convertían en decepciones recurrentes que hacían pensar que los sueños son sólo eso.

En los setentas, en cambio, se transformó en un Viejito Generoso –en contraposición al mezquino clima sociopolítico imperante-, que lograba consumar cierto número de fantasías, ya que el regalo (sencillo) tenía posibilidades de llegar. Por tanto, los doce meses de espera se vivían con una paciente y perseverante esperanza. Así, algunas aprendimos que, aunque tarden, los sueños son realizables.

A partir de los noventas, en tanto, con la masificación de la tarjeta de crédito y el inicio de decadencia de la tarjeta navideña, se vuelve un Señor Solvente que tiene una amplia capacidad adquisitiva para entregar el regalo (sofisticado) añorado. Desde aquí, se podría tener la convicción de que todo lo anhelado se consigue, tan sólo basta desearlo y luego pedirlo, lo cual permite suponer que los sueños son realidades.

En la actualidad, el viejo pascuero es como un Millonario –de plástico-, que da la certeza absoluta de proveer cualquier regalo (altamente tecnológico). Este apetecido objeto es una exigencia que debe cumplirse a toda costa, incluso con un endeudamiento usurero y eterno. Su posesión capitaliza el juego de las apariencias al facilitar un seudo-status de abundancia económica y mercantiliza las carencias afectivas en una irrealidad virtual, desvaneciendo los límites de lo imposible. Al tener este aliado super-poderoso, los sueños serían innecesarios.

Se podría hipotetizar que las niñas de los cincuentas padecieron de frustración crónica y que quizás de jóvenes nunca creyeron en sus sueños; que aquellos de los setentas recibieron el impulso y la confianza para concretarlos y que los de los noventas supieron que siempre eran posibles y posteriormente se los adjudicaron con naturalidad.  Pero, ¿qué pasará con la juventud de los próximos diez años, que hoy, como niñas, tienen todo por defecto y su facultad para soñar y crear se ha ido debilitando?. Tal vez prioricen las metas con fines lucrativos, obviando la satisfacción personal, en vez que buscar el bienestar propio (en armonía con el resto) y así obtener prosperidad material. Quizá algunas se adormezcan, anestesiadas con el dominio silencioso y enfermizo del dinero.

Sin embargo, quien sueña…jamás se duerme…

Por: Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com