Tristeza: Auspiciadora oficial de las atenciones psicológicas en Pudahuel

Marcia Bravo, Psicóloga Clínica

Mientras compraba unas ensaladas en la feria de Avenida La Travesía de Pudahuel escuché decir a una señora feriante “no tengo porqué ir al psicólogo, porque no estoy loca”, su interlocutora insistía en que sí fuera, argumentándole que no podía continuar en el estado que estaba. La señora hacía un tiempo que padecía de insomnio, su apetito había disminuido, tenía un desánimo permanente y lloraba hasta porque el Transantiago se demoraba.

De acuerdo a mi experiencia profesional, las niñas, jóvenes y adultas de Pudahuel y sus alrededores acuden a la psicología porque sufren de Tristeza, no de locura. Esta Tristeza está implícita en la depresión, pero otras veces se disfraza de problemas conductuales, déficit atencional, fobias, trastornos de ansiedad, adicciones, trastornos de personalidad, violencia, etc., emergiendo apenas se inicia el recorrido por la historia personal de cada consultante. Por ello, esta Tristeza es transversal a todos los malestares psíquicos que la gente trae a sesión.

Esta Tristeza no es una pena por la contingencia del mes o del último año, es una Tristeza  antigua, muy antigua en la experiencia de todas. Independiente de las circunstancias familiares, la infancia, como el primer y más determinante capítulo de nuestras vidas, es donde se crean los cuentos más terroríficos de toda nuestra existencia, dejando finales inconclusos que esperan ser terminados.

La incertidumbre de lo que fue, de lo perdido y/o de lo negado va saturando de lágrimas las páginas de este libro. Y aunque se supone que aquello está en el pasado, es conmovedor observar en terapia cómo se reviven tan nítidos esos primeros años, esos primeros pesares, aun cuando, como defensa inconsciente, muchos contenidos están vedados a la consciencia.

Esta Tristeza ha sido relegada al silencio, pues aunque intentó expresarse a través de conductas agresivas, desafiantes, pasivas, perfeccionistas, controladoras, etc., no consiguió hacerse escuchar. La Tristeza entonces tropezó con caminos que la exiliaron a las profundidades de los síntomas.

Pero ¿de dónde viene?, proviene de la falta de amor y se mantiene por el desamor hacia nosotras mismas. Y si no hemos aprendido a amarnos, eternizaremos las equívocas decisiones que reproducen y justifican nuestra Tristeza primaria.

Sin embargo, esta escondida Tristeza ha probado diferentes estrategias para consolarse: trabajo excesivo, abnegación por los demás, compras compulsivas, carretes, drogas, etc., sin hallar jamás la compensación anhelada. Por fortuna o por desgracia, llega un momento crítico en que sale de su escondite y nada ni nadie pueden detener que nos invada. Y allí despierta la urgencia por  resolverla.

Entonces, ¿qué podemos hacer para prescindir de ella?, ¿continuar ignorándola?, parece que no es efectivo, porque lo hemos hecho así hasta hoy y sigue vigente. ¿Llorar larga y estrepitosamente?, sí, sirve, pero no desaparece, porque aunque caigan millones de milímetros de lluvia, de todos modos, el invierno no se acaba. ¿Hablar con alguien?, sí, también sirve, pero para que las palabras sanen deben ser atendidas por otras que no enjuicien, no critiquen ni aconsejen, sino que satisfagan aquella carencia primordial.

Por tanto, mi propuesta es buscar, ¡hasta encontrar!, una instancia terapéutica (tradicional y/o alternativa) que permita transitar un proceso interno donde dialogar con esas pretéritas heridas, logrando escribir un final reparador frente a esas aterradoras fantasías infantiles.

Por: Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica/ psicologa.pudahuel@gmail.com