
En medio de una plaza de Pudahuel Sur dos vecinas conversan, una comenta: “dejé de trabajar porque la psicóloga de mi hija (5 años) me dijo que ella tenía abandono emocional, pero ella no quiere estar conmigo, porque pasa en la pura calle no má”. Al lado se observa a la hermosa pequeña, muy delgada, desaseada, chascona y con la mirada perdida en la nada, con un con rostro inexpresivo. La madre, una bella y joven mujer, bien vestida y bien peinada, revela cierta indiferencia e insensibilidad al referirse a su hija.
El abandono emocional implica la renuncia sistemática a las responsabilidades parentales, ya sea por parte de la madre, el padre o cualquier otro adulto significativo en la crianza del niño.
Éste puede evidenciarse al negarle una mirada cariñosa, una sonrisa cordial o una palabra reconfortante. Igualmente, al demostrar una actitud indolente frente a la angustia del menor. En ese sentido, él o ella perciben un clima de rechazo y desprecio donde son descuidadas sus necesidades afectivas, sociales y académicas, entre otras. En resumen, es no reconocerlo como sujeto, sino apenas como un objeto –y un objeto que estorba, “un cacho”-. Como consecuencia a este abandono pueden aparecer sentimientos de desvalorización, inseguridad y temor, pudiendo derivar en un deficiente desarrollo emocional, intelectual, social y/o físico de las niñas.
La independencia económica y personal de la mujer ha supuesto el deterioro de su función materna, la negligencia frente a su descendencia y el olvido de una antigua y abnegada incondicionalidad. Bajo esas premisas deberíamos poder afirmar que las madres que trabajan sólo como dueñas de casa son las madres ideales. ¿Es así efectivamente?, ¿acaso ningún hijo se ha sentido solo o poco considerado teniendo a su madre las 24 horas del día?. Por supuesto que no, porque la presencia física no garantiza la presencia psíquica, ni la presencia material del adulto cuidador es sinónimo de afecto, protección y atenciones.
La Presencia es Ser, Estar, Sentir y Dar a otro. Es Ser esa figura que satisface, aquella que respeta la individualidad y compensa cualquier desequilibrio. Es Estar en los momentos claves, actuando acorde a cada evento y construyendo tiempos cálidos. Es Sentir amor y expresarlo continuamente. Es Dar lo que el otro necesita, ni Más ni Menos. Y para que la madre pueda ofrecer esta Presencia sólo es requisito excluyente que tenga la capacidad emocional suficiente para brindarla.
Por tanto, si la madre ha propiciado un vínculo verdaderamente amoroso con su hija/o, aunque ella se ausente, por ejemplo, 12 horas diarias, aquel hijo/a tendrá la fortaleza para esperarla y no sentirse abandonada/o. Esto es porque, en primer lugar, interiormente está siempre con ella y, segundo, porque tiene la certeza de que cuando llegue, ella va a Ser su madre, va a Estar con él/ella, va a Sentir cuánto le ama y le va a Dar todo lo que requiera.
Somos millones las madres que día a día trabajamos fuera de casa, perdiendo a veces la claridad de nuestras prioridades en la función parental, producto del estrés de la rutina y sus vaivenes. Por ello, hoy las invito a que miremos, sonriamos y hablemos a nuestros hijos/as de modo que sepan que cuentan con una madre. Para mañana, las invito a lo mismo.
Marcia Bravo C. /Psicólog Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com
