Hermanas-madres: dualidad que enferma

Marcia Bravo C. /Psicóloga Clínica/

psicóloga

Una fría tarde pudahuelina se escuchó decir a una mujer –con tono agresivo y demandante-: “¡Cuida a tu hermano!”. Una ojerosa y frágil niña (6 años), rápidamente atendió la orden y con sus precoces fuerzas sostuvo en brazos a su hermanito (1 año). La madre va a conversar con una vecina, la niña la observa sujetando apenas al niño. Él comienza a llorar y ella no logra tranquilizarlo aunque trata de mecerlo. Llama a su madre, pero ésta se demora. Cuando vuelve, el niño aún está llorando, entonces reclama y castiga a su hija por no haber cumplido con su responsabilidad: proveer de cuidados maternos a su hermano. Conclusión: ambos lloran, pero sólo uno es consolado, la otra es excluida y abandonada en el abismo de la parentalización.

La práctica de parentalizar a las hijas (también a los hijos) es una experiencia históricamente esperable y normalizada en nuestra sociedad. Una hija parentalizada –la primogénita, en general- es la que asume el rol al que el adulto ha renunciado parcial o totalmente, es decir, una inversión de roles donde la hija puede llegar a ser la madre de sus hermanos e incluso de sus propios padres.

Por ende, ella reemplaza funciones varias, desde instrumentales hasta afectivas. Adjudicándose, por ejemplo, el compromiso y la autoridad ante a la crianza de sus hermanos como si fuera un mandamiento sagrado, incumpliendo así las jerarquías legítimas de la familia y exponiéndose a una sobreexigencia injusta y agotadora.

Este continuo desgaste emocional puede desencadenar secuelas negativas en la infancia y en la futura adultez, abarcando aspectos tanto físicos como cognitivos y psicológicos. En lo físico, están los malestares abdominales, cefaleas, colon irritable, además de diversas enfermedades del sistema inmunológico (cáncer, fibromialgia, leucopenia, etc.). Todas ellas en respuesta al estrés que desata la vivencia crónica de desprotección psíquica frente a una realidad asfixiante.

En el área cognitiva, puede manifestarse pérdida de memoria, desconcentración,  déficit atencional, trastornos del aprendizaje, aparte de cierta incapacidad para valorar justamente el entorno.

Por otra parte, en lo psicológico, puede aparecer depresión, crisis de pánico y otros trastornos ansiosos. Asimismo, una consecuencia quizá menos visible pero también de gran importancia, es la tendencia a subordinar las propias necesidades ante las de los otros, manteniendo relaciones interpersonales con un marcado rol protector y canalizador de problemas ajenos. Esta estrategia vinculante perpetúa aquel deterioro emocional infantil,  dificultando que la persona parentalizada solicite y acepte ayuda cuando la requiere, invocando aquí a la omnipotencia concebida en el ejercicio temprano de un poder prestado.

Por tanto, aboguemos porque ya no existan más hermanas-madres, no les robemos su derecho a ser niñas ni coartemos su libertad de desarrollo, desde nuestra posición adulta ubiquemos a cada cual en su lugar y punto. ¡La única misión en la infancia es descubrir y crear un mundo de fantasías, juegos y mil sonrisas!

Marcia Bravo C. /Psicóloga Clínica/psicologa.pudahuel@gmail.com