Aquí nadie es culpable

Marcia Bravo, Psicóloga

Una mañana cualquiera, camino a mi trabajo (en el recorrido J19), escuché a una abuela decirle a su nieto, de unos 8 años, “ya sabes lo que hiciste, por tu CULPA, ahora la casa se ve fea”.  El niño, en silencio, recibió esta sentencia implacable, sin objetar la condena, ¿cómo podría contradecirla, si quizá ella era quien lo criaba o cuidaba y debía saber mejor que él cómo funciona el mundo?.

Una persona culpable es quien ha cometido un perjuicio, un delito contra otro y requiere un castigo rectificador. Por lo tanto, ¡los únicos culpables son los criminales!. Un niño que se equivoca ¿merece acaso privación de libertad y/o someterse a trabajos forzados?, lamentablemente, muchas veces se les acusa, oprime y agobia con cargas injustas.

Al respecto, recuerdo un antiguo comercial que hablaba sobre embarazo adolescente, donde la madre decía que si su hija no estuviera no tendría que estar trabajando a esa edad y que se habría casado con el hombre que quería. Es decir, por CULPA de esa pequeña, ella no tenía lo que deseaba…Los ejemplos sobran, que si la madre tiene sobrepeso es por CULPA del embarazo de tal, que si el padre no pudo estudiar es porque nació tal otro, y así un millón de etcéteras, valga lo redundante.

Se produce entonces una nefasta tendencia a descargar todas nuestras frustraciones, rabias y fracasos sobre los más vulnerables: nuestros tiernos niños y niñas, quienes se adjudican cada culpa que les transmitimos, menoscabando su integridad psíquica y perpetuando un círculo emocional culposo difícil de desintegrar.

Sin embargo, hoy podemos comenzar a reparar lo que hemos deteriorado, porque aunque no somos culpables de vincularlos de esta forma con ellos, sí somos responsables de corregir lo corregible, por el bienestar de nuestra familia en particular y de la sociedad en general.

Podríamos empezar por cambiar la palabra CULPA por RESPONSABILIDAD ante los dichos y hechos que nos incumben, definiéndola y limitándola de acuerdo a la edad, historia y contexto de las personas. Destacando el compromiso ético que esta responsabilidad implica para sí y para con los demás, puesto que dejar de llamarse CULPA no significa permisividad ni descontrol, sino que apunta a una voluntad solidaria y provechosa.

Como segundo paso, y quizá el más importante, sería muy gratificante para nuestros niños que les pidiéramos disculpas por nuestros desaciertos. Usando palabras simples y de manera cariñosa, reconocer que nos hemos equivocado en nombrar algo que no es, demostrarles que de ahora en adelante nuestra relación puede ser más satisfactoria, menos contaminada, sin el fantasma de la culpa.

Por: Marcia Bravo C./Psicóloga Clínica de la Universidad de Santiago de Chile.

E-mail: psicologa.pudahuel@gmail.com

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