EL SÍNDROME LAPOLARIENTO

He acuñado un nuevo término que no tengo pretensión en que sea reconocido por la Real Academia de la Lengua, pero que es muy ilustrativo de ciertas conductas que transgreden las reglas que, con cierta alegría ingenua, creemos que funcionan. Por eso le llamo síndrome, pues son una serie de síntomas que si no se miran en su conjunto no se entienden. Pero vamos al punto.  El lapolariento es un tipo social que aprovecha todas las oportunidades que brindan los “resquicios” de la ley, que sólo actúa motivado por su desmesurada ambición, sea económica o sea de poder. No se contiene, no puede. Le resulta imposible desaprovechar la ocasión y, lo que es peor, no siente remordimiento ni culpa: La razón de su proceder está en el sistema económico, el mercado, o en el sistema político, pero en él no. Es un tipo social que va a misa, se confiesa semanalmente y,  posiblemente, se considere un católico de verdad pagando su 1%, con recursos mal habidos. No trepida en maltratar, engañar y usar lo que está a su alcance con tal de lograr su objetivo: aumentar su ganancia o su poder, o ambas cosas simultáneamente. No respeta la dignidad de las personas que lo rodean, o que lo llevaron a su posición, y la de aquellos que lo sostienen. Total son funcionarios, números, votos, acciones, no personas.

El Laporaliento es un abusador de la fe pública, de la confianza de la ciudadanía y de la imperfección del sistema legal vigente. Es un personaje perverso que ha perdido las coordenadas éticas que definen el bien del mal, en función de su propio y narcisista interés. Olvidó las promesas que hizo hace mucho, cuando joven soñaba, con seguridad, en ser un servidor del país, pero en lo que terminó es en lo inverso: sirviéndose del país. Estos sujetos no tienen límites. Pagan cuentas abultadas en almuerzos privilegiados, generosos con sus propinas, usufructuando lo que no es de ellos. Gastos de representación. Viajan por el mundo, convencidos que los dineros empleados son para mejorar lo que hacen, sean sus negocios o sus posiciones de poder. Viven en una burbuja, la que ellos mismos crearon, alejados de la realidad, no la ven simplemente.

Posiblemente, cuando la situación ya no sea sostenible, el lapolariento se declare víctima de las circunstancias y culpe a sus asesores, o sus operadores,   lo importante es que ellos no sean tocados. Los fusibles siempre están a disposición. Y, quizás si el rasgo más psicótico de todo el síndrome sea uno tremendamente dañino, es que estos mismos personajes se ofrezcan, pasado el bochorno, en ser los representantes de nuevas ideas y de nuevos estilos. No trepidan en jurar que lo harán mejor y que lo que proponen es la verdadera solución, básicamente porque se trata de ellos mismos. Es tal su narcisismo que sienten, con genuina convicción, que son el remedio para la enfermedad.

Pero los Moyas de este país, así como los de Islandia y los de España, los indignados, esos que mandaron a los mercachifles bancarios y a los políticos profesionales, de todos lados, al tacho de la basura, manifiestan un nuevo malestar que no se resuelve manipulando la fotografía o maquillando el discurso. Debe tomarse en serio lo que está sucediendo con los estudiantes y con los disconformes de todo tipo que ya no se compran la “rueda de carreta”. Los lapolarientos, todos, sean ejecutivos del retail, de la banca, de la bolsa o políticos, deben empezar a poner sus asuntos en orden porque sus días de borrachera se terminan.

Por: Luís Marín Salazar, Sociólogo. Presidente ONG CIPDEL

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