Manipulando la Verdad

Recientemente fui procurado por  la producción de dos conocidos programas de TV para cooperar con una nota matutina y otra vespertina sobre “fenómenos paranormales”. Ambos equipos deben haber quedado sorprendidos, no por algún fantasma, sino porque no esperaban encontrarse con la escéptica postura de nuestra empresa respecto a la existencia de almas en pena, especialmente si se considera que administramos dos céntricos teatros de la Capital. ¡No puede ser que en más de 50 años de existencia del lugar jamás hayamos presenciado nada anormal! Pero la verdad es esa. Cruda y desnuda. Sólo que la producción de ambos programas pensaron que la verdad desnuda podría resfriarse y decidieron ponerle ropa: solicitaron una “intervención de la realidad” para darle al público lo que quiere.

Al margen del debate que se pueda generar en torno a la existencia de vida después de la muerte o la comunicación que los muertos pudieran tener con el mundo de los vivientes, el fantasma que flota por los aires es la duda sobre la ética y la validez de los medios de comunicación como vehículo de IN-Formación para la sociedad. En el mundo de la producción audiovisual, en particular, hay una oscilación internamente conocida, y aceptada en forma tácita, entre la realidad y la ficción. Naturalmente, para no herir potenciales susceptibilidades, la idea de una manipulación de los hechos se ha disfrazado con el término políticamente más correcto  de “recreación”, Eso es lo que hace, por ejemplo, la TV. Entrega una versión de la realidad, pero no la verdad pura de los acontecimientos; sea porque la verdad directa no tiene gracia o es decididamente peligrosa. Esto es pura idiosincrasia nacional llevada al status de paradigma comunicacional: “la gente tiene un morbo que hay que explotar” – en palabras de la propia  producción de TV que me ha visitado. Dicho de otra forma, la verdad es fome y no vende porque a la gente le gusta la mentira y eso es lo que le vamos a ofrecer. A la gente hay que mantenerla contenta con algo que tenga el poder para ello. La fantasía es ese poder.

Ahora bien, cuando hablo de fantasía, nuevamente no estoy entrando en los méritos de juzgar si existen o no los fenómenos paranormales. Estoy haciendo un abordaje a la ética de la información. Supongamos que alguien afirma haber visto la cabeza de un huemul colgada como trofeo en la pared del living del vecino. Supongamos aun que, efectivamente, una cabeza de animal estuvo allí pero el vecino se percató de la denuncia y la escondió. Llegan las autoridades y, para probar que el vecino había cazado un animal en peligro de extinción, ponen en el lugar la cabeza de otro bicho y afirman que es un huemul. Cualquier discusión sobre la existencia de un pequeño número de huemules sobreviviente es algo completamente secundario frente a la cuestión de que la verdad fue “forzada a ser ”  para alimentar un punto de vista. Y ahí van a surgir muchas preguntas tales como: ¿por qué las autoridades le creyeron al denunciante tan prontamente?; ¿Cuáles son las intenciones o intereses del denunciante? ¿Efectivamente el animal era un huemul? Etcétera, etcétera, etcétera.

Una vez afirmé en un diplomado de Crítica Cinematográfica que la comunicación tiene el poder y la responsabilidad de enseñar y que, por lo tanto, todo lenguaje de comunicación debería ser inteligible y socialmente imparcial. Pero la TV ha estado usando ese poder para enseñar un mundo repleto de fantasías que mantienen al espectador lejos de la realidad. Mientras el pueblo se queda mirando a los cielos esperando ser rescatado por los marcianos, los manipuladores de la verdad están acá abajo saqueando nuestro cuerpo y nuestras almas.

Por Claudio Andrés Gómez

Gestor Cultural y Teólogo

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