La nueva esperanza de Mario Sepúlveda

A casi un año del accidente, el más mediático de los “33” de la mina San José quiere dejar atrás la tragedia y trabaja, junto a un equipo de colaboradores, en el centro costumbrista que levanta en Pudahuel. Es la nueva vida de Súper Mario.

Parece a bordo de un impecable camión 3×4, de un blanco reluciente, del año, en la esquina de la Ruta 68 con el camino El Noviciado, en el área rural de Pudahuel. Saluda desde el vehículo y pide que sigan hasta su parcela, en el Noviciado Alto. Dice que la compró hace cinco años, mucho antes del accidente.

Camino a ella son muchos los que lo reconocen. Le levantan la mano y él responde sacando casi la mitad del cuerpo por la ventana. También toca la bocina. A su manera, como todo Chile lo conoció cuando salió de la mina San José, repartiendo abrazos.

Anda contento Mario Sepúlveda, uno de los 33 que fueron rescatados desde el fondo de ese yacimiento copiapino donde pasaron 69 días enterrados. La razón: inauguró hace muy poco su cancha para carreras de caballo a la chilena. Es la primera etapa del proyecto que le quita el sueño y la mayor parte de las horas del día: su centro de celebración de fiestas costumbristas “La Esperanza”, mismo nombre con el que se bautizó al campamento donde hacían vigilia su familia y la de sus colegas esperando el milagro.

“En noviembre espero tener dos canchas de fútbol y tener mis caballitos para facilitárselos a colegios de niños con síndrome de Down, que me han dicho que es una terapia muy buena”, afirma. Quiere tener 30 ó 40 caballos, porque “me gusta trabajar en obras sociales”.

A ratos se saca sus anteojos, que no son los que le pasaron cuando “volvimos a nacer”, como él dice. Lo que se ve es la evidencia del encierro: parpadea incesantemente y se refriega los ojos. “Me recetaron harto lente”, dice, mientras sus perros “Luna” y “Cholo” le mueven la cola.

Mientras Mario le pide a uno de sus hermanos que le haga un sándwich, Alejandro Becerra (44), “Janito”, uno de los trabajadores que le han ayudado a levantar su proyecto, interrumpe: “En la mina comió puro salmón, aquí puro tomate”, y desata las carcajadas del resto del grupo que lo acompaña en la parcela, como parte de un código propio. Allí, en una casa que construye en madera, guarda su colección de riendas, monturas, cinturones de cuero y chupallas. También es reconocible el casco que utilizó el jefe de los rescatistas, André Sougarret. “Un gran amigo”, asegura.

Este “huaso” parralino, pero vecino de Pudahuel, no puede estar más de tres minutos sentado. Se para, se mueve y por más entusiasmo que tiene por contar sobre su nuevo proyecto de vida, lanza lo que siente a pocos días de conmemorarse el aniversario del accidente: “Mucha rabia. Me di cuenta que, simplemente, hemos sido utilizados. Les hemos hecho ganar plata a mucha, pero mucha gente, sin ellos tener la más mínima consideración de decir estos pobres gallos son gente que ni siquiera tiene un trabajo seguro o tiene un futuro seguro”.

Este ex minero -conocido como Súper Mario y por oficiar de presentador en los videos que salían desde las entrañas de la mina San José- cuenta, por ejemplo, que le han ofrecido trabajar en política:

“Yo estoy y soy capacitado para hacerlo, pero trabajo con un equipo que yo arme, confiable, un equipo de trabajo que me dé seguridad de que no se va a corromper ni va a recibir un par de ‘chauchas’ para vender los valores. Me han ofrecido puestos buenos, irme directamente pa’rriba, pero no. Me podría pasar lo que le pasó a (Leonardo) Farkas, cuando empezaron a decir que iba a ser político, lo amenazaron hasta de muerte”.

Por ello, insiste en una de sus claves, mantener la fortaleza, como recuerda cuando supieron que estaban enterrados: “Pensé desde un principio y me dije a mí mismo, aquí el más fuerte sobrevive. Eso fue lo que me metí desde el primer segundo. Yo no me quedo aquí”.

Sobre las responsabilidades del accidente, apunta directamente a Alejandro Bohn y Marcelo Kemeny, los dueños de la mina: “Si no hay justicia, veré la forma de hacer algún tipo de justicia. Esos son ladrones autorizados. Si esa cagá se la hubiera mandado un pobre gallo, un supervisor, un capataz, en estos momentos estaría preso”. Mario asegura que no ha recibido un llamado de ellos. “Nunca, hasta el día de hoy. Ni siquiera para preguntar cómo está la familia. Yo perdí 16 piezas dentales allá adentro”.

Y lanza su mensaje: “Hoy somos historia de Chile, y una historia bonita, porque no matamos, al contrario, dimos vida, salud, espíritu de superación. Regalamos orgullo”.

Por: Texto nota “Diario la Tercera”

Fotos: diario tropezón archivo

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